viernes, 1 de junio de 2007

Locuras para paliar una cordura cuestionable


La siguiente es la ponencia de Laura E. Asturias, en el Congreso de Escritoras de América Latina realizado en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA entre el 29 y el 31 de octubre del 2002.
Cuántas veces nos ha tocado a las mujeres escuchar, no que "estamos", sino que SOMOS locas. Nos lo lanzan con gestos, miradas. También con dos de los términos más utilizados para calificar a nuestro género y colocarnos debajo del supuesto raciocinio masculino: "histérica" y "neurótica".
Yo no olvido lo que leí hace tiempo. Decía algo así: "Estoy deprimida. Déjenme tranquila. Tengo derecho a mi depresión. Trabajé muy duro por ella y ¡exijo que me dejen vivirla!"
Luego viene a la mente mi propio hijo, que ya hace algunos años, cuando tenía 13 ó 14, al menor indicio de "alteración" de mi parte me interrumpía con unas palabritas que, al sólo escucharlas, casi me hacían trepar las paredes: "¡Tranquila, tranquila!" Era quizás el tonito paternalista lo que más me enervaba. Y tarde o temprano él tuvo que aprender que más le valía escucharme cuando era mi turno para hablar, pues las consecuencias de su exhortativa a "tranquilizarme" podían ser peores.
Usualmente ese "¡Tranquila, tranquila!" llegaba cuando, después de haberle pedido algo una, dos y tres veces en un tono tranquilo, sin reacción suya, yo le lanzaba un grito para sacarlo de su cápsula y obtener atención. Nosotras podemos pedir tranquilamente, hasta el cansancio, sin que nada ocurra. Y cuando por ello reaccionamos como suelen hacerlo los hombres, entonces somos "histéricas".
Esa actitud de mi hijo, tan común también en otros de su edad y mayores, sin duda alguna tiene sus raíces en lo que los hombres incorporan en su imaginario, a muy corta edad, acerca de las mujeres, lo que escuchan y lo que se cree sobre nosotras: que somos todas unas histéricas y que, dejadas a nuestra libre voluntad, quién sabe qué haríamos. De ahí que sea necesario que nos controlen.
Vienen a mi mente también los mitos asociados al síndrome premenstrual. Se dice que en esos días andamos "medio raras", y el mensaje tácito es que de alguna manera otros –ellos– tienen que cuidarse de nosotras, no sea que les alcance nuestra histeria premenstrual. Y, sin embargo, ningún hombre que salga a la calle lo hace temeroso de toparse por ahí con alguna "premenstrual medio chiflada". No. Al menos en mi país, donde numerosos hombres andan armados, ellos salen a la calle portando un arma porque le temen a la violencia de otros hombres, no a los ciclos de la luna que trabajan sobre las mujeres. Les temen a los hombres comunes y corrientes como ellos mismos.
Creo que es hora de ir reivindicando la locura de las mujeres, y sin duda así lo ha hecho Maitena, en este país, con su serie "Mujeres alteradas", quien agrega uno más a los insultos utilizados para las "insatisfechas" y "egoístas" que hoy día queremos y exigimos más para nosotras mismas — "el peor de los insultos: feminista".
Ya no se trata de si, en efecto, estamos listas para ser trasladadas a un centro psiquiátrico. En todo caso, si ese tipo de ayuda extrema es lo que realmente necesitamos, mal harían en no brindárnosla. Y no sólo en el caso de las mujeres: Occidente es implacable también con aquellos hombres que no cumplen las normas que se le imponen a su género.
Poco antes de venir a Buenos Aires me enteré del caso de un hombre joven, residente en la pequeña e histórica ciudad de Antigua, en Guatemala, quien fue confinado a una institución psiquiátrica. Los motivos son, por sí mismos, una locura: habiendo crecido en una familia afluente, el hombre no trabajaba, o lo hacía en sus propios términos, y consumía marihuana cuando le daba la gana. Y, la peor afrenta, según sus mismas hermanas que propiciaron el confinamiento: él ni siquiera gastaba dos mil quetzales al mes — un equivalente de menos de 300 dólares). ¿Qué hombre afluente en su sano juicio optaría por no despilfarrar la fortuna familiar? Así, un día, una explosión de ira de este joven fue el pretexto para que su familia recurriera a un psiquiatra, quien no vaciló en recomendar su internación.
El hecho es que hay tantas razones para la locura de las mujeres. No la locura rematada, la de camisa de fuerza, sino la cotidiana. Hay demasiadas razones en el mundo de hoy, las hubo siempre en el de antes, y quién sabe qué nos depare el del futuro.
Podría citar cientos de ejemplos, pero me limitaré a unos pocos, empezando por el propio. Durante años viví con la extraña sensación de que estaba medio loca. Una parte de mí me susurraba que algo había ocurrido en mi vida, y me creí morbosa o pervertida pues incesantemente buscaba información sobre el abuso sexual.
Más allá de lo que pudiera sugerir, el susurro mismo bastaba para creer que estaba perdiendo la razón. Si la sociedad occidental ha proscrito, ocultándolas, las lejanas voces de nuestras antepasadas, y nos lleva a creer más en la publicidad que en lo que viene de nuestro propio interior, no es extraño que ese susurro de nuestra voz interna parezca tan lejano, tan "loco" y, por ende, inverosímil.
Pero un tiempo después empecé a recordar escenas reales de mi niñez, experiencias de abuso sexual que tuve que validar como vividas en carne propia. Y aprendí a valorizar no sólo mi voz interna, sino mi propia voz, la palabra sonora, mía. Hoy puedo mirarme en el espejo, hablarme a mí misma, recordarme cosas, aun regañarme de vez en cuando. Pero, sobre todo, quererme a mí misma desde mi propia voz.
Muchas personas, si me vieran platicando conmigo misma, no vacilarían en afirmar que estoy loca — lo harían con esa falsa autoridad que da la experiencia no vivida pero, sobre todo, la experiencia temida.
En el mundo caminan miles de mujeres que se creen locas porque aún no dan crédito a los abusos atroces que cometieron contra ellas en la niñez aquéllos que supuestamente las amaban, que decían atesorar su inocencia, su pureza.
La locura, para mí, ha cobrado matices muy diferentes de aquéllos que –al igual que a todas– me fueron legados como parte de esa herencia patriarcal que deshumaniza al sentimiento y pisotea ternuras. Es más, hoy veo que la locura es necesaria para vivir en este mundo. Ya lo decía Miguel Ángel Asturias, aunque proponiendo otro mecanismo, al afirmar que "en Guatemala sólo se puede vivir bien a verga" — un falocéntrico término centroamericano para decir "vivir borracho".
Para las mujeres, la ebriedad está proscrita: sólo ellos tienen el "derecho" a emborracharse hasta la estupidez, supuestamente para ahogar penas y consolidar olvidos. A nosotras nos queda cuidarles la cruda y disculparlos o mentir por ellos ante sus jefes. Las mujeres no podemos darnos el lujo de una farra etílica ni de una cruda. ¿Quién cuidaría de la prole y, en síntesis, del planeta?
¿Es extraño entonces que recurramos a eso que sí nos está permitido por la cultura hegemónica: la locura o la "histeria" — según la interpretación que la cultura hace de éstas? ¿O a métodos menos obvios que el alcohol, menos prohibidos y más socialmente aceptables para el género mujer como son los tranquilizantes, el exceso de comida y, en algunos casos, el sexo compulsivo?
Tenemos razones, válidas razones, para estar todas locas, y las tenemos aún más para SER locas.
Esta locura nuestra es diferente a la de ellos. La nuestra no radica en la sed de poder, ni en el afán de eliminar a aquéllos considerados más débiles. Nuestra locura es una respuesta rebelde –y aun cuando silenciosa, beligerante– a las atrocidades cometidas contra nosotras, contra nuestras hijas e hijos, nuestras hermanas y hermanos, contra la naturaleza que es cada vez más frágil y precaria bajo el dominio de los hombres.
¿Cómo no vamos a enloquecer cuando todo el amor y los cuidados que invertimos en criar a nuestros hijos no valen nada para los juegos de los señores de la guerra que les convierten en cadáveres?
Es el caso de millones de madres en Colombia, en Israel y Palestina, madres también en Estados Unidos que desde hace ya varias décadas ven cómo sus hijos marchan hacia la guerra por esa patria prepotente que les vio nacer, y ahora sólo por la defensa de los intereses petroleros de su gobernante de turno; madres argentinas, chilenas y guatemaltecas que aún no encuentran los restos de sus hijas e hijos. Madres en todos lados, asistiendo a la destrucción de lo que ellas con tanta dedicación cultivaron y entregaron al mundo.
Esta locura de las mujeres es otra clase de locura. Es un arranque de furia ante la ignominia. En un artículo publicado el pasado junio sobre el asesinato de la mexicana defensora de los derechos humanos Digna Ochoa, su compatriota periodista Cecilia Lavalle refería que entre las autoridades en México se empezaba a fortalecer la hipótesis de que esta muerte había sido un suicidio, y anotaba que tal apreciación tenía lógica.
Para empezar –escribió Cecilia Lavalle–, Digna era mujer; por tanto, obviamente neurótica y, como buena neurótica, tenía tendencias suicidas. Porque ¿a quién se le ocurre dedicarse a la defensa de los derechos humanos, sino a alguien potencialmente suicida? Hacía ver la periodista que Digna Ochoa, como abogada, pudo haber defendido banqueros, lo cual habría indicado un rastro de cordura; pero se dedicó a defender lo que muchos suponen causas perdidas. Entonces, Digna tenía que ser una neurótica suicida. Además, pertenecía a una de las ONGs mexicanas más prestigiadas, el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro, cuyos integrantes obviamente también tienen un perfil neurótico y suicida: defienden a quienes han sufrido vejaciones y atropellos de distintas autoridades y, a pesar de haber recibido un sinnúmero de amenazas por ello, insisten en su afán. Digna Ochoa realizaba diligencias a favor de sus clientes a sabiendas de que era seguida y vigilada por miembros del ejército. Si éstas no son tendencias suicidas, ¿qué son?, se preguntaba la periodista.
Concuerdo totalmente con Cecilia Lavalle, porque en la lógica patriarcal, es "lógico" que las autoridades recurran rápidamente a la hipótesis del suicidio, más aún cuando en un asesinato se intenta ocultar la mano sucia de un gobierno o de fuerzas ligadas a éste. Si a un funcionario "en su sano juicio" jamás se le ocurriría defender los derechos humanos, la única explicación racional y posible para los atrevimientos de alguien como Digna Ochoa sólo podía ser la neurosis, la locura. Y su resultado "lógico", el suicidio.
Mucho antes de que nos llamen "locas", las mujeres de todas las edades y tamaños tenemos razones para estarlo. Nuestro género carga una historia de opresión que, como apunta la etnóloga y doctora en Antropología Marcela Lagarde, de México, nos ha provocado desesperación, sufrimiento, angustia, rabia y culpa. Agrega que las mujeres, "en subversión a la impotencia aprendida y a la servidumbre voluntaria" que nos constituyen, dejamos de ser entes dependientes y pasivos. "Estas locas –afirma– se deciden por transformar el mundo, contraviniendo su papel político de reproductoras de la sociedad y la cultura".
Esta manera nuestra de estar –y ser– locas, es decir, esta locura feminista, cuando menos reviste más esperanzas para nosotras que para todas aquéllas que hoy padecen, como dice Lagarde, "otras locuras que reproducen la feminidad". Porque no puede haber peor locura que la que aqueja a aquéllas que no tienen o no vislumbran una salida.
Para las feministas, en cambio, "el feminismo recoge y genera cambios cualitativos en la condición de la mujer". Nosotras, asegura Marcela Lagarde, contribuimos a "transformar la locura de la sobrevivencia en voluntad colectiva, y el sufrimiento ... en conciencia"; a "crear nuevas visiones, conocimientos y sabidurías sobre la sociedad, la historia y la cultura"; realizamos "una crítica de la cultura patriarcal y de todas las formas de opresión que reproducen el mundo en la alineación", y proponemos "nuevas formas sociales y culturales que emergen antiopresivas y se fundan en la diversidad, en el bienestar, en la creatividad y en la posibilidad de disfrutar y gozar subjetiva y objetivamente de la vida".
Así, sin duda, la locura colectiva es más llevadera, al ser compartida por otras tantas tejedoras de sueños posibles, de metas realizables. No es la locura confinada en esa camisa de fuerza comúnmente llamada "hogar" y que desde el silencio clama por liberarse.
"Locas entre las locas" nos llama Lagarde a las feministas, porque atentamos "contra el orden de la sociedad, contra la identidad genérica de todos" y porque nuestra propuesta desarticula el mundo. Y afirma que la locura feminista es la única locura de las mujeres que implica la desaparición de los cautiverios, porque es la única que se ha propuesto desarticular la organización genérica que nos convierte a mujeres y hombres en seres contradictorios, y a las mujeres en enemigas entre nosotras.
Tenemos que estar locas para señalar a viva voz la corrupción de funcionarios cínicos que le roban recursos a la vida, aun a sabiendas que los gobiernos continuarán vaciando las arcas públicas y embolsándose lo que no es suyo.
Digo que le roban recursos a la vida porque tantas mujeres están muriendo por gestar la vida, y porque la depresión y otros trastornos que nos aquejan no siempre serán diagnosticados ni recibirán tratamiento oportuno. Cada año se suicida un millón de personas y entre 10 y 20 millones intentan hacerlo.
En esto del suicidio habría que matizar las cosas. Cuando de hombres se trata, lo consuman recurriendo a armas letales, definitivas. Las mujeres lo intentan hasta ocho veces antes de llegar a consumarlo: los siete primeros intentos son, sin duda, gritos de auxilio — pero nadie los ha escuchado. Y las mujeres, a diferencia de la mayoría de hombres, pensamos mucho más antes de quitarnos la vida. Si un hombre va a suicidarse, puede estar seguro que detrás de él quedará una mujer a cargo del frente. Nosotras no tenemos nunca la certeza de que un hombre quedará detrás para asumir la crianza infantil.
Tampoco es alentador saber que en el año 2005 la depresión constituirá la segunda causa de morbilidad en el mundo. Depresiones que, según la Organización Panamericana de la Salud, son dos veces más frecuentes en las mujeres, pero que no recibirán alivio alguno, pese a que con un tratamiento eficaz y continuado se podría lograr la recuperación hasta en un 60 por ciento de los casos.
Son numerosos los factores que potencian depresiones y comprometen seriamente nuestra salud mental.¿Cómo no vamos a estar deprimidas y, por ende, medio locas, ante la desigualdad en las oportunidades, en la retribución económica de nuestro trabajo, en las relaciones de pareja? ¿Cómo no va a afectarnos la discriminación que enfrentamos en casi todas las áreas de la vida, así como la presión social para adaptarnos a los nuevos roles que exige la vida moderna y el tener que responder a ideales estéticos irreales?
¿Cómo permanecer sanas cuando debemos postergar nuestras necesidades y vivimos con la constante percepción de no ser dueñas de nuestra propia vida? ¿Cómo ser saludables cuando nos aqueja una profunda baja autoestima por no encontrar apoyo ni reconocimiento?
Y cómo podríamos, en este breve análisis, obviar las fatales consecuencias que tiene la violencia que se ejerce contra las mujeres: entre otras, depresión, ansiedad, disfunción sexual, trastornos alimenticios, abuso de alcohol y otras drogas, suicidio... Esto, cuando no morimos a manos de ésos que dicen amarnos.
Locas estamos –y somos– todas aquéllas que navegamos contra una corriente asesina y aniquiladora como la que hoy crece más y más en el mundo, sobre todo a raíz del 11 de septiembre del 2001 y la cruzada fundamentalista emprendida con el pretexto de la defensa de la democracia y la libertad por el mandatario estadounidense, con la complicidad de otros cuantos imbéciles.
En efecto: locas estamos –y somos– todas las que, por y pese al estado del mundo actual, seguimos creyendo que la esperanza –nuestra propia esperanza– puede mover montañas y, quién sabe, quizás también inyectarles un poco de nuestra locura a los sensatos líderes mundiales, ésos como aquél que reconocía encontrarse ante un precipicio y decidió dar un paso al frente.
Bibliografía
Lagarde, Marcela. "La locura como subversión: El feminismo". En «Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas». Universidad Nacional Autónoma de México. México, 1990. Correo-e:
marcelalar@aol.com
Lavalle, Cecilia. "¡A quién se le ocurre!" Chetumal, Quintana Roo, México. 16 de junio del 2002. Correo-e:
cecilialavalle@hotmail.com
Red de Salud de las Mujeres Latinoamericanas y del Caribe (RSMLAC). Mujer SaludHable. Boletina electrónica de la RSMLAC, Año I, No. 5. Santiago de Chile, octubre 2002.

1 comentario:

Andrea Reyes Peña dijo...

Realmente impresionante..no puedo decir nada más.