martes, 18 de noviembre de 2008

La conquista


En la conquista amorosa se produce una especie de juego ambivalente: aproximarse y alejarse, ofrecer y negar, estar interesado e indiferente a la vez. Es un ejercicio de exploración entre dos personas, marcado por sentimientos de atracción recíproca, que pretende bucear en el otro con el fin de ver qué hay dentro. Lo que aquí va a suceder es una especie de asedio, de acometimiento, con el fin de entablar una batalla, una auténtica guerra, para ver quién es capaz e adueñarse del otro.
En éste periodo, el amor no ha aparecido todavía de una forma auténtica y verdadera, sino que se está ensayando, probándose, para observar qué sucede y qué posibilidades tiene de triunfar, de dominar, de vencer y colonizar el corazón de la otra persona.
Los mecanismos que aquí se utilizan son los de "seducción". Seducir es arrastrar hacia uno a esa otra persona mediante una atrayente fascinación multicolor que, en sus comienzos, pretende deslumbrar. De ahí que al principio sea una diversión desafiante y placentera ligada a las apariencias. Los primeros momentos está dominados por lo artificial. Se juega con las palabras, con los gestos, con sus giros y variaciones. La nota placentera a la que aludíamos es simplemente goce, de satisfacción al ir andando esa travesía burlona. Cuando lo que se intercambia es sexualidad, el tema cambia por completo; las relaciones ya nacen sobre una base sensual: se busca y se persigue la relación sexual por encima de todo, y se acepta la posibilidad de que más adelante todo se convierta en algo "más personal", más humano y menos físico.
En toda conquista amorosa hay siempre una cierta pasión por el riesgo y el peligro. No suele faltar un sofisticado coqueteo que lleva a un cierto triunfo de la técnico psicológica. Es la imagen del Don Juan. El hombre experimenta emociones dulces e intensas que son dificiles de expresar la gran mayoría de las veces; pero, por paradójico y extraño que parezca, prefiere luchar, encontrar dificultades, y ser capaz de trazar unas líneas logísticas, unas maniobras guerreras que faciliten su triunfo final. Por eso el arte de la seducción suele estar tejido por las intrigas. Así volvemos a la noción antes citada: el amor como juego, como diversión y rivalidad, a ver quién puede más.
La seducción tiene una parte inconfesable, negativa, de puro amor propio, de absoluta búsqueda de uno mismo, pero también otra porción positiva, generalmente más pequeña y de menos envergadura: calibrar si esa persona es o no adecuada para uno, aunque esto sea tan sólo el telón de fondo.
Por eso el seductor persigue sobre todo la propia satisfacción, y lo suyo se convierte en un "amor narcisista".
Cuando dos personas llegan a conocerse bien y se entienden, se complementan, se saben el uno para el otro, es cuando se alcanza una súbita certeza de que se ha encontrado lo que se buscaba. A la larga no hay ninguna otra relación humana tan importante como ésta, que arranca de ese interés inicial que la mujer despierta en el hombre y viceversa. Vivencia de revelación, puesto que nos descubre la grandeza de la otra persona. Pasamos así del juego de las apariencias, que es la coquetería, al momento de las realidades. El amor es el fin del hombre y el principio de la felicidad.
La revelación pone al descubierto la vida personal: con su pasado, con la fugacidad del presente y empapado de porvenir. La revelación amorosa es una experiencia extraordinaria que trae una promesa de felicidad, de paz , de alegría. Aquí no hay ya sólo ideas, concepciones de la vida, argumentos, sino otra persona que se sitúa en el primer plano de nuestra existencia y la llena. Es un gran momento: el de la decisión de elegir a la persona amada para compartir la vida.
No hay verdadero amor sin elección.
Elegir es, ante todo, ser capaz de seleccionar un cierto tipo humano, un perfil aproximado de esas cuatro notas que muestran el concierto de cada individuo: lo físico, lo psicológico, lo cultural y lo espiritual.
El auténtico amor es selectivo necesariamente, incluso cuando se produce el flechazo. Es preciso detenerse, y otear el horizonte para saber qué está pasando dentro de nosotros y para no dejarnos llevar absolutamente por la corriente veritiginosa de la pasión; poder, en medio de la embriaguez amorosa, estudiar la conveniencia o no de que ese encuentro dual siga adelante o sea frenado.
Ahora bien, conviene poner de manifiesto que la elección amorosa no es muy frecuente. En bastantes casos todo sigue un curso rápido, impulsivo, inmediato, en el que la atracción reside en el encanto físico; por ello, aplicar la cabeza, pensar en la conveniencia o no del mismo va a ser dificil. Esa forma de obrar es, en mi opinión, errónea; y lo es porque una de las consecuencias más dolorosas del amor sin elección obedece a lo que podríamos llamar "errores sentimentales".
No obstante, existe lo que pudiéramos llamar la "recuperación del amor", que consiste en ir hacia él de un modo nuevo, original, distinto..., siempre que haya existido un cierto grado de error en la elección.
Aunque una persona se haya equivocado en un cierto porcentaje, eso puede y debe tener remedio. ¿Cómo?. El amor debe formularse de nuevo, buscando sus raíces en la profundidad, quizá sacrificando algunos aspectos y dándole primacía a otros.
S. Juan de la Cruz decía : "Donde no hay amor, pon amor y recibirás amor".
Fuente: http://www.mercaba.org/Delgado/analisis_ruptura_02.htm